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viernes, 10 de agosto de 2012

Las diferentes vidas del tentado


Cuenta una vieja historia que existió una vez, en un pueblo llamado Arreit, un peculiar hombre llamado George  Erbmoh, más conocido como “el tentado”. George dedicaba su vida a la siembra y el cultivo de los campos que tenía justo detrás de su casa. Estos habían pertenecido a sus ancestros y ahora los recogía el como parte de su herencia.

Pero Mr.Erbmoh no era feliz. No había conseguido formar una familia con ninguna mujer y su único y verdadero amor había muerto en un trágico accidente laboral. Así que, como iba diciendo, George era una persona más bien tirando a la tristeza y la soledad. No sentía predilección por nada en concreto y le era muy fácil repudiarlo todo. Se preguntaba constantemente porqué no era feliz y que debía hacer o conseguir para obtener la felicidad.

Había días que desde su temprano despertar no hacía más que pensar en el dinero. Creía que este le daría todo lo que le faltaba y que podría comprar todo lo que se propusiera y todo lo que le faltara. Había otros días que pensaba en el amor. -¡Exacto!- se decía a sí mismo. Y creía que una pareja podría solucionar su soledad y tristeza. Al día siguiente se acostaba convencido de que lo que verdaderamente necesitaba no era más que un poco de fama y calor de la gente. Entonces anhelaba con todas sus fuerzas escribir un best seller o hacer algo que le entregase el júbilo de la gente.

Así pasaban los días del señor Erbmoh. Cierto día, ya muy avanzado en edad, un buen y, al igual que él, solitario amigo de George murió. Así que éste se dispuso a ir a la ceremonia de entierro que tuvo lugar en la catedral de Arreit. George contempló a su amigo tras la vitrina, con las manos cruzadas, y comprendió que el tiempo se le estaba acabando, de la misma forma que a su amigo. Aquel día estuvo vagando muy triste por los caminos de sus campos, como siempre sólo. Pero aquella noche ocurrió un suceso muy particular y misterioso en la vieja choza de los Erbmoh.
Mientras George dormía una especie de criatura alada se le apareció en el interior de sus sueños y, tomándolo de los brazos, lo apartó de ellos para meterlo de pleno en una historia inédita para George. De pronto la extraña criatura le soltó y George cayó al vacío. Cuando tocó suelo y consiguió ponerse en pie, miró a su alrededor y se percató de que estaba en un gran y majestuoso palacio, como jamás había visto alguno. De repente una pomposo y elegante caballero se le acercó. Se quitó el sombrero de copa que apoyaba en su cráneo y le entregó su mano fervorosamente.- Te estaba esperando- le comentó.-¿A mí?- se extraño George.-Claro. Tú eres George Erbmoh. El que muchos días de su vida se ha estado preguntando cómo sería su vida si tuviese dinero. Pues bien, déjame que me presente ante ti, posible leal súbdito. Yo soy Don Dinero. El amo de todos los corazones que penden del color de los billetes. Déjame que te muestre aquí en mi mansión cómo podría ser tu vida si te unieses a mí.- Y al instante George volvió a su casa de Arreit con los bolsillos repletos de fajos de billetes y con un elegante traje. Era el hombre más rico del pueblo. Se había comprado un palacio enorme, un gran automóvil, muchos más campos y tenía a muchísima gente que los trabajaba en su lugar. S u hogar estaba plagado de toda clase de lujos y podía codearse con las personas más pudientes del pueblo. Todas las noches montaba grandes fiestas y lo pasaba en grande. Pero al cabo de dos meses George reparó en que seguía sintiendo aquél gran vació de tristeza y soledad en su corazón y veía que el resto de la gente, cuando acababan sus fiestas, se marchaba de su casa y no se quedaba junto a él. De repente George volvió al palacio de Don Dinero y este, muy enfadado y airado le arrebató todo lo que le había dado.- No has sido fiel a mí y has antepuesto tus sentimientos y emociones por encima de todos los placeres y lujos del mundo. ¡Fuera de mi palacio!-. En cuanto George hubo atravesado la puerta una gran multitud lo recibió!
 
¡George!-gritaban.-¡Señor Erbmoh, aquí!- Montones de fotógrafos y periodistas tomando notas, aproximando sus micros, disparando sus cámaras, etc. Y detrás de ellos un gran gentío aclamando a George, el hombre que había renunciado al dinero. De entre la multitud, una joven y bella damisela rubia se aproximo a él. Vestía un elegante vestido rojo que se conjuntaba con sus magníficos zapatos de tacón de aguja.- Hola George. ¿Qué sientes al ver todo esto?- le habló con una amplia sonrisa.- ¿Esto es para mí?- comentó George atónito.- En efecto. Soy la señorita Fama y estoy aquí para darte lo que realmente mereces, puesto que has despreciado a ese insolente de Dinero.- Y rápidamente George fue alzado a hombros por la multitud y se lo llevaron en volandas.-Pero…. ¡señorita!- y Fama sonreía y saludaba eufóricamente desde detrás del gentío.

George gozó del calor de la gente. Era conocido allá donde iba. No le faltaba de nada. Firmó autógrafos, escribió varios best seller, la gente de las naciones lo aclamó y persiguió, pero en un minuto a solas, George comprendió que sus vacíos seguían estando allí y que la falsa alabanza de todas aquellas personas no le iban a curar. De nuevo, George fue trasladado a las puertas del palacio de Don Dinero, a las infinitas escalinatas y allí se encontró con Fama, que dibujaba la furia en su rostro.- ¡Me has traicionado! Te he dado lo que muchos días de tu vida anhelaste hasta enloquecer y no lo has querido. ¡Desaparece de mi vista antes de que te lleve ante mi colegue Don Marginación!

Y George bajó la larga torre de escalinatas con los ánimos muy decaídos y la oscura mirada de la señorita Fama en su espalda. Cuando llegó a la base del último escalón una hermosa mujer le esperaba con una sonrisa. Se parecía mucho a la mujer que amó tanto durante su vida hasta que murió.- Hola George. Soy Magda.- El señor Erbmoh no podía ocultar su sorpresa y su boca se abría de par en par. Su respiración hiperventilaba. No podía creerlo. Era un vivo retrato de Jane, su eterno amor.
 
Magda le tomó del brazo y comenzaron a caminar, con la sorpresa de George plausible. De pronto se trasladaron a través del tiempo y el espacio y llegaron a una casa. George leía ahora el periódico y al alzar la vista y ver a Magda, su mujer, amamantando a su segundo hijo mientras el otro jugaba al balón en el jardín, su pipa se le cayó al suelo del porche.- ¿Estás bien cariño?- preguntó muy afablemente Magda.-Eh…Sss..sss.sí-.

Los días y las semanas iban pasando y George estaba muy contento con su familia. Presumía de ella allá donde encontraba gente y se había acostumbrado a su nueva vida completamente. Pero una noche en la que Magda se fue con los niños a casa de su madre y George se quedó trabajando, comprendió que todavía seguían aquellos vacíos en su corazón, como un rastro imborrable. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, George se vio de nuevo en el viejo porche de su casa, columpiándose en su corroída mecedora y mirando los campos de maíz de enfrente. El ser alado del inicio del sueño se le apareció y asustándole le dijo:-George Erbmoh, ¿acaso no has malgastado ya muchos años de tu vida buscando cosas que no son merecedoras de tu atención? Tu fin se acerca y no has valorado jamás todo lo que se te ha dado. Nunca has estado contento. Has preferido vivir siempre triste y melancólico, que no afrontar la realidad y disfrutarla tal y como te era dada. Tu tiempo se acaba, George, así que sólo tú puedes decir.-

Y repentinamente el señor Erbmoh abrió los ojos y envuelto en un duro frío despertó suspirando. Bajó a la cocina a tomar un frío vaso de leche y volvió a dormirse.

Al día siguiente, cuando Mr. Erbmoh despertó un alegre pajarillo cantaba en su ventana. Pero George no se enrabió contra el animal ni le empezó a asustar y perseguir, sino que se quedó, enmudecido, contemplando su belleza. Descendió al piso inferior de la casa, después de asearse, y tras desayunar salió al campo y se quedó maravillado observando la luz del sol, el color verde de los árboles y las personas pasar. Y la gente que siempre lo había conocido como “George el serio” se quedó asombrada al ver por primera vez la sonrisa del anciano.

George vivió un año más y en ese año pudo ayudar a muchas personas a comprender el lado más bello de la vida. Obtuvo mucha fama entre la gente del pueblo y pasó a conocerse como “George el sonrisas” y obtuvo mucho dinero vendiendo sus campos a un hombre que quería construir un hospital infantil en ellos. George, donó posteriormente todo el dinero a los niños de dicho hospital.

Murió el día 25 de abril de 1898 y su pueblo le lloró abundantemente. El alcalde de Arreit decidió alzar un busto en honor a él en la plaza principal del pueblo. Hoy los niños juegan en la Plaza Erbmoh.

lunes, 30 de julio de 2012

El árbol y su enramada

Cuenta un viejo cuento que una vez, en mitad del más plano de los valles, creció un árbol de robusto tronco y frondoso forraje. Sus raíces se ensancharon y se ensancharon, y llegaron a crecer de tal manera que la gente que vivía en aquella zona y visitaba el majestuoso árbol aseguraba que de arrancarse las raíces, un volcán repleto de lava emergería tras ellas.

El tronco del árbol, con toda la pureza del color marrón, media más de cinco metros de largo y su anchura era la equivalente a un grupo de diez personas formando un círculo cogidas de las manos. Aquella maravilla servía de hogar a muchos caminantes que se decidían a cruzar el inmenso verdor de aquel valle. Su espesa copa llena de hojas impedía que el sol llegase a su porción de tierra en verano y su sombra era fresca y tranquila. En el invierno, sus raíces servían de colchón y de abrigo a más de un valiente peregrino. Cubrían íntegramente el cuerpo de una persona y todavía les sobraba espacio para acoger a alguien más. Eran cómo brazos cálidos repletos de hospitalidad que parecían esperar a sus invitados llegar.

Además en el interior del árbol vivían familias completas de animales de todo tipo. Insectos que se beneficiaban de su abundante y suculenta resina. Pequeños roedores que utilizaban las oquedades del tronco cómo almacén donde guardar sus víveres. Aves que edificaban bonitos y espaciosos nidos entre las sólidos ramas. Una gran y variada fauna que había encontrado en aquél árbol el palacio de sus sueños.

Pero el árbol estaba repleto de ramas. Se erguían desde el tronco cómo mástiles de embarcación. Se entrecruzaban las unas con las otras. El árbol estaba completamente infestado de ramas. Habían ocupado, prácticamente, todo el tronco. Un tronco que ahora se presentaba astillado y plagado de relieves punzantes y peligrosos. En la parte superior del tronco crecían las ramas más sólidas. En ellas se anidaban las más exquisitas obras arquitectónicas de las aves. En la zona intermedia del tronco las ramas eran de gran calidad pero crecían más delebles que las de la parte superior y la copa del árbol. Y en la zona del tronco más próxima al suelo crecía toda una encrucijada de ramas frágiles, pequeñas, tristes, estériles y paupérrimas. Muchas de ellas eran arrancadas por el viento, por muy minúsculo que fuese el soplar de éste.

Las ramas de la parte superior se llevaban las mejores hojas del árbol (las que eran perennes) y se quedaban con las cosas más bellas y preciadas. Los nidos de las aves, los animales más majestuosos, etc. Con todo aquello que anhelaba toda rama. Las intermedias tenían para ellas un gran arsenal de hojas. Pero estas hojas no eran de tan buen parecer. Eran hojas caducas. Duraban más que las normales pero cuando llegaba el invierno con todo su frío y su silencio se las llevaba sin mediar palabra. Las arrancaba de aquellas ramas y no las volvía a traer hasta la primavera. Las raptaba. Las ramas de la zona media también tenían algunos animales. Sobretodo, roedores y panales de abejas. Y las ramas de la zona baja malvivían en busca de alguna hoja que adherir a su esquelética y raquítica estructura. Los únicos animales que poseían eran los insectos más inútiles y menospreciados.
 
Cierto día comenzó a crecer una nueva y pequeña ramita. Había comenzado a crecer en la zona más próxima al suelo, entre las ramas más débiles y menos valiosas que el tronco guardaba. Esta ramita comenzó a crecer y acrecer. Cuando el resto de ramas, próximas a ella detuvieron su crecimiento, ella continuó y continuó. Creció tanto que llegó a abandonar aquella zona más baja del tronco y ascendió a la zona intermedia. Llegó a la zona intermedia con un par de hojas en su cuerpo y un pequeño gusano que recorría a diario toda su longitud.

En la zona intermedia, miradas de extrañeza y caras sorprendidas (tirando más hacia el asco) la recibieron. Pero la ramita no detuvo su paso y anheló y luchó con todas fuerzas para seguir creciendo. Con el tiempo fue recibiendo más y más hojas y el gusano solitario que tenía al principio se convirtió en un extraño pero esperanzador capullo de seda. Toda la zona intermedia acabó reconociéndola, ya que ella había dedicado todo su tiempo a explicar cómo malvivían las ramas en la zona más próxima al suelo ¡Había creado una conciencia en las ramas de la zona intermedia sobre el estado de las ramas más bajas del tronco! La euforia la envolvía. Entonces, con todo el respaldo de la zona intermedia del tronco, el cual cada vez se envejecía más viendo cómo las ramas de su parte superior vivían en una infinita sobreabundancia  y no se detenían en mirar cómo seguía el tronco más debajo de ellas, la ramita valiente y entusiasta se adentró en la parte más elevada del tronco: la copa. Al principio, una completa y profunda ignorancia la abrazó. Ninguna rama se detenía a mirarla. Todas estaban demasiado concentradas en cuidar su perfecto forraje y mantener sus bellos animales. Más tarde llegó la repugnancia. Nadie de aquel lugar quería relacionarse con la humilde ramita.
 
Pero la ramita no se hundió en la desesperación y el odio, pese a que tuvo muchas tentaciones a hacerlo. Y comenzó a expandir su rama y su escaso forraje con el objetivo de poder llegar a todas las ramas que habitaban aquella zona prohibida del tronco. Poco a poco, las ramas superiores fueron escuchando lo que la ramita, pequeña para ellas, les decía. Y entonces hubo algunas ramas que se atrevieron a mirar hacia abajo y percatarse de la situación real del tronco. Éstas, se desprendieron de parte de su forraje y animales y lo lanzaron a las zonas intermedia y baja del tronco. Pero hubo muchas otros que prefirieron continuar su camino, no mirando más allá de la punta de sus hojas ni del perfecto pelaje de sus aves y sus roedores.
 
A día de hoy, cuentan que todavía hay ramas que crecen de manera muy débil en la zona más baja y son llevadas, sin pena ni gloria por el viento. En cambio hay otras ramas que han podido corregir su crecimiento y hoy, gracias al testimonio y la lucha de aquella ramita, son ramas sanas y robustas, con su forraje y sus animalitos.

Tronco sigue manteniéndose entre la vejez y la juventud. Llora cuando una de sus ramas sufre. Y ríe con las que, con una causa decente, ríen. Hay muchas ramas que piensan que no ha cambiado nada en el árbol, pero todos los habitantes del gran tronco saben que lo que hizo la humilde ramita en su día no fue para nada en vano.

lunes, 23 de julio de 2012

Un reo en el bosque

Cuenta un viejo cuento que una vez existió un verde y frondoso bosque donde el agua fluía con alegría y libertad, los animales se paseaban con elegancia y pomposidad y las aves dejaban al vuelo todo su esplendor y majestuosidad. En el bosque todo vivía en completa fraternidad. Ningún ser molestaba a otro y no era necesario recurrir a la cadena de alimentación para saciar el apetito, puesto que la madre naturaleza, dueña y protectora del bosque, se encargaba de otorgar a cada inquilino lo necesario para desarrollar su vida.

Los días pasaban con normalidad. Las estaciones llegaban puntuales y se marchaban dejando su sitio a otra. El viento no soplaba con violencia sino que dejaba caer su invisible estela para acariciar el cabello de los animales y las aguas. La lluvia era bien recibida por la tierra que saciaba su sed y el sol no tenía que pelearse con los nubarrones para que le cediesen el turno.

Cierto día apareció un ser que jamás había sido visto por el bosque ni por sus aledaños. Al principio los animales pensaron que se trataba de un oso ya que se aguantaba sobre dos patas y sus brazos quedaban colgando en el vacío. Pero luego repararon en el hecho de que, a diferencia de los osos, este irreconocible ser solo tenía bello en lo alto de su cráneo. Además (fijándose ya un poquito más) pudieron observar que sus zarpas no eran largas y afiladas como las que viste un oso. Más bien eran de una piel blanquecina que daba una cálida sensación de fragilidad. De su boca tampoco salían largos colmillos. Algo no cuadraba. Aquel ser se movía como los osos pero no era un oso. Los animales desde sus escondrijos observaron y observaron el caminar de aquel misterioso ser a lo largo de su bosque.

Cuando la noche cayó y el cielo se cubrió del luminoso manto de estrellas el ser detuvo su paso y de una gran joroba que le colgaba de su espalda comenzó a sacar unos palos relucientes, cuerdas y una superficie triangular de tela, tan grande como si se hubiesen agrupado en ella todas las crisálidas del bosque. Nadie sabía qué era aquello y qué haría con ello aquel extraño ser. Pero de pronto comenzó a construir como una especie de nido gigante con forma cónica y con techo. Los palos relucientes sujetaron la tela triangular de las crisálidas por el interior y las cuerdas, que parecían diminutas lianas de color blanco, tensaron la tela por el exterior hasta que esta quedó sujeta. El sinuoso ser introdujo su cuerpo en el interior del nido y desapareció para toda la noche. Los animales y seres del bosque no detuvieron ni un solo momento su exhaustiva vigilancia pero vencidos por el sueño ya bien entrada la madrugada cayeron en sus respectivos lechos. La noche pasó y, algo cansada, dio paso a un sol dispuesto a hacer su trabajo como nunca. La incombustible luz de la mañana despertó todas las almas vivas de aquel lugar.

La sorpresa fue estridente y rocambolesca como nunca jamás se había visto en el bosque. El olor a madera recién tallada deshaciéndose en ascuas y a carne fresca chamuscándose en las mismas brasas era notorio y mareaba el sentido olfativo. Los animales, asustadizos se apresuraron a ver que ocurría pero no encontraron nada. El voluminoso nido de aquel extraño ser había desaparecido y ahora tan sólo su joroba yacía inerte en el suelo. Pero siguieron la pista de los pasos de aquellos irreconocibles pies y llegaron a una trágica y vomitiva visión. Aquel ser había talado un árbol entero, un árbol que convivía en la fraternidad de aquel bosque, y había hecho una enorme pila con todos los maderos que había logrado sacar de él. Una incansable llama servía de corona a aquella pila de maderos que se deshacía impetuosamente. Encima de este macabro sombrero de llamas una larga vara, de nuevo reluciente y de un material que probablemente no fuese madera, sujetado por el humano soportaba el peso de medio cuerpo de un animal, un animalito que también convivía en la fraternidad de aquel bosque. Las llamas devoraban su piel rápida y lentamente a la vez. Era un simple conejito, de pelo grisáceo y alegre mirada. Ahora su pelo era negro. El negro del fuego y sus brasas. Mientras tanto, aquel horrible ser dibujaba una asquerosa mueca en su cara viendo aquel sádico espectáculo.

Rápidamente los representantes de los animales de aquel increíble paraje se reunieron bajo el viejo cedro que marca el centro del bosque para discutir que debían hacer. El representante de los animales herbívoros sugirió que ellos se encargasen del problema de aquel extraño ser. Que se encargarían de educarlo en la tradición herbívora  y cultivarían sus enseñanzas en su corazón. Los carnívoros sugirieron que ellos debían encargarse del asunto puesto que el sujeto en cuestión había demostrado ser, arraigadamente, carnívoro. Los perezosos prefirieron mantenerse al margen y dar su voto a la fuerza que más poder consiguiese, ya que tenían ganas de marcharse a sus hogares a dormir y a no hacer nada.  Las aves, los más sabios de entre todos los seres que habitan en el bosque, otorgaron parte de razón a herbívoros y carnívoros pero concluyeron con que algo fallaba en sus respectivos planes y no creían que se debiesen culminar. Los animales de campo, en representación de toda la fauna menor y, también, de la flora, que veía sus intereses gravemente dañados en el ataque que había sufrido su paisano árbol, declaraban que la única solución a la incómoda visita que este extraño ser causaba era la íntegra expulsión del bosque de forma indefinida.
Los animales estuvieron debatiendo a lo largo de aquella noche que parecía no acabarse nunca. Pero al fin, comenzó a vislumbrarse el sol en el matinal horizonte y el sabio consejo del bosque tuvo que dictar un veredicto.

El veredicto final- declaro un viejo búho imperial que presidía la sesión en la copa del viejo cedro- es la expulsión de este horrible ser de nuestro amado bosque por siempre jamás, precedida de un previo castigo de cincuenta azotes realizados por los representantes de cada grupo de animales aquí, en el viejo cedro, esta tarde a las siete.

Un estruendoso aplauso flageló el silencio que imperaba en el bosque y rápidamente los animales se esparcieron para ir a sus cuevas, nido y madrigueras a informar de lo hablado en la asamblea. Después de esto, un comité formado por los animales más sigilosos, rápidos, fuertes, grandes e inteligentes de todo el bosque, se puso en marcha para capturar a aquel malvado convidado que permanecía tranquilamente en el bosque. El comité estaba encabezado por la majestuosidad del búho que había dictado la sentencia, seguido de la inamovible grandeza de un oso pardo, el mortal y amenazador sigilo de una serpiente, la velocidad de un águila y la terrible fuerza de un puma. Todos ellos, entonando un canto épico de victoria se dirigieron al lugar en el que había sido visto por última vez el extraño ser.

Cuando llegaron al lugar y lo localizaron, el comité de los animales campeones contó hasta tres y se abalanzó con todo su poderío sobre aquel ser, que ahora yacía tumbado en el suelo con una especie de palito blanco en la boca y del cual salía humo. De hecho su tos le delató. Aquel lamentable ser, en ver el poderío del rugido de aquel implacable grupo de animales trató de salir corriendo pero cuando todavía no había dado un paso el águila lo agarró con sus zarpas por el cuello y el puma se abalanzó sobre él llevándoselo al suelo y dejándolo inmóvil. La serpiente se entrelazo en sus manos impidiendo que las pudiese desatar y el oso, con un rugido, acabó de asustarlo por completo para que no se atreviese ni siquiera a abrir la boca. No hay mayor mordaza que el miedo. El búho, el más sabio de todos ellos, se encargó de explicarle el porqué de aquella situación de una forma detallada y extensa. De esta forma, el grupo de animales y el reo comenzaron el camino de vuelta al viejo cedro para concluir con su cometido y el castigo esperado.

Pero en algún lugar del camino los animales debieron olvidarse de mantener su apariencia de fieros y salvajes y comenzaron a conversar los unos con los otros. El reo comenzó a percibir que en los corazones de aquellos animales tan solo había dulzura y generosidad. Por eso se atrevió a abrir la boca y pedir agua. Un poco más adelante del camino no reparó en tratar de conseguir algo de comida a base de suplicas. Los animales eran incapaces de negar ayudar a alguien.

Llegaron hasta tal punto que la serpiente se desenlazó de entre sus manos permitiéndole que caminase que con total desenvoltura. Y así animales y reo, reo y animales, comenzaron una larga y profunda conversación llena de risas, chistes y otras anécdotas que elevaron al reo de malvado a amigo.

El día iba avanzando al igual que el camino y las siete de la tarde se iban a cercando cada vez más. Junto a ello, el castigo y la sentencia también acechaban la mente del reo mientras éste continuaba parloteando con sus nuevos amigos animales.

Entonces, de pronto, el reo reparó en que debía hacer algo para evitar que el castigo se llevase a cabo. De esta manera ideó una más que tentadora oferta para sus amigos animales. Cuando el peso de sus pasos a lo largo del camino comenzaba a hacerse insostenible reparó en que había llegado la hora de hacer aquella maravillosa oferta que había maquinado.

-Un momento, por favor- susurro el reo al resto del pelotón.
-¿Qué ocurre?- preguntó el búho con una leve expresión de sorpresa.
-Tengo que deciros algo.
-Habla-atajó la serpiente.
La respiración del reo era cada vez más fuerte dentro de su pecho y creía que no sería capaz. Entonces tomó una gran bocanada de aire y vomitó:
-Os propongo una oferta. Si me eximís de el castigo que me habéis impuesto y que merezco bajo todo pretexto prometo trabajar para vosotros y construiros unos hogares mejores de los que tenéis.

La tropa de animales se quedó quieta, observando a aquél desconocido que quería hacer un pacto con ellos. Hicieron un círculo, presidido, como siempre, por el gran búho, y comenzaron a cuchichear a espaldas del reo que se había sentado, fatigado. Después de un cuarto de hora aproximado todos los animales le miraron, se acercaron a él con su terrible aspecto y dijeron:
-Aceptamos tu trato, con la condición de que firmes un tratado conforme el cual te declaras a ti mismo como ciudadano legítimo de este bosque y, por lo tanto, no se te permite arrebatar la vida de cualquier otro animal, bajo pena de muerte.

El reo sonrió de oreja a oreja y estrechó las zarpas, las alas y los cuerpos de los animales. Una vez hubieron llegado al viejo cedro, el búho ocupó su lugar, como de costumbre, en la copa de dicho árbol y declaró ante toda la fauna de aquel fantástico paraje el acuerdo al que se había llegado con el reo. La cara de todos los animales fue de sorpresa y estupefacción. Muchos lo veían como algo negativo ya que únicamente saldrían beneficiados los animales del consejo y no creían en la garantía de un ser que horas antes había aniquilado a un pobre conejito. El búho, con el apoyo de sus camaradas del consejo, concluyó declarando como oficial el Tratado del Viejo Cedro (nombre con el que se le bautizó) y todos los animales huyeron a sus escondrijos repletos de indignación.

Los días fueron pasando y el reo construyó para los animales del consejo y sus familias grandes viviendas como la que el se había construido la primera noche en la que apareció por el bosque. De esta forma cumplió su pacto en pocos meses, ya que había trabajado muy duro, y ahora podía vivir en mitad del bosque como un ciudadano más debido a los acuerdos firmados en el Tratado del Viejo Cedro.

Con el tiempo y a base de más pactos con los miembros del consejo, consiguió que le concediesen licencias para cavar en la tierra, ahuecar árboles y recolectar toda clase de frutas y plantas. Y montó el primer negocio que existió en este bosque. Una frutería, muy mal vista por todo el bosque pero con el consentimiento del consejo, intocable y eterno. La frutería gozó de gran éxito por sus bajos precios y la calidad de sus productos. Pero poca gente, a parte del consejo y sus familias, se acercaban a comprar allí porque sabían que estaba prohibido cazar desde animales a frutas, y el consejo lo estaba permitiendo.

Los animales del bosque fueron enemistándose cada vez más con los miembros del consejo y pidieron una renovación. Pero éstos, encabezados por el majestuoso y sabio búho imperial se negaron y prohibieron cualquier tipo de votación y manifestación. Además, sugirieron que copiasen la actitud con la que crecía y se desarrollaba el ex reo.

Los animales de todo el bosque, guiados por los representantes de cada grupo no callaron sino que se manifestaron muy duramente contra aquel consejo que se había dejado corromper. Pero el consejo no se quedó de brazos cruzados y creó un cuerpo de animales “antimanifestaciones” con el objetivo de establecer una paz entre el pueblo y suprimir por completo cualquier tipo de manifestación. El ser que un día fuese reo, fue designado como líder de este nuevo cuerpo. Se mostró muy satisfecho con su nuevo cometido.

Su primera y más severa acción fue la de hacer desaparecer a los jefes de los respectivos grupos de animales. De esta forma los herbívoros, los carnívoros, las aves, los animales de campo, los animales de agua, etc., absolutamente todos quedaron sin líderes que les guiasen hacia las manifestaciones. Y cuando alguno nuevo resurgía de entre los demás también desaparecía. En un periodo de tres meses se calcula que hubo una mil desapariciones, aproximadamente. El consejo del bosque se mostró febrilmente contento con la labor de su nuevo comandante “antimanifestaciones”  y fue concediéndole más privilegios.

Éste se aprovechó de ellos para construir más tiendas a lo largo del bosque, comenzar a cazar y pescar animales de toda clase, rompiendo así los acuerdos del Tratado del Viejo Cedro. El pueblo de los animales fue haciéndose cada vez más pequeño en pos del consejo y sus insaciables miembros, y la fraternidad inicial quedó enterrada por siempre jamás.
En sus últimos días de vida, el búho imperial convocó una especie de elecciones entre los distintos pueblos de animales que configuraban el bosque para que escogiesen a su nuevo presidente del consejo. El oso pardo era el miembro más apreciado por el pueblo, de los que quedaban en el consejo, y se encargaba de llevar a cabo varios asuntos sociales. Él nunca vio con buenos ojos lo que el consejo hacía y mucho menos lo que aquel antiguo reo había llegado a conseguir. Pero siempre callaba y otorgaba.

El bosque entero le quería como nuevo presidente del consejo, porque sabían que podría cambiar las cosas y, debido a que no acababa de cuajar con el ex reo, podría arrebatarle su poder. Pero para sorpresa de todos las elecciones dieron como vencedor al antiguo reo.


¿Cómo podía ser si todo el bosque había votado al oso pardo? Más tarde se descubriría que aquel ser sin escrúpulos había manipulado las elecciones y había hecho votar a su favor a todos los animalitos que previamente cazó e hizo desaparecer. Pero para entonces ya era demasiado tarde.

Si todavía se podía guardar un leve atisbo de esperanza en el bosque, pese a que las cosas habían cambiado mucho y para mal, con la llegada de aquel ser al poder, esa pequeña esperanza quedaba más que disuelta entre las aguas del río.

Rápidamente impuso este ser su reinado de terror y todos los que no le eran favorables ni fieles desaparecían o iban a para al fondo del escaparate de sus tiendas. Controlaba la economía y el poder del bosque ¡Qué gran paradoja! Antes ni siquiera habían oído hablar de economía en aquel preciado lugar. Cada vez los animales se encontraban más y más sometidos.

Tenían derecho a votar, ya que aquel horrible ser convocaba elecciones una vez al año. Pero estas siempre eran manipuladas y siempre salía él como presidente electo. Los miembros de su consejo y él vivían una vida basada en el lujo y la riqueza mientras que la estabilidad y la fraternidad del el resto de familias iban desapareciendo a un ritmo desenfrenado. Se les impuso un impuesto a pagar al consejo del bosque, como compensación de todo cuanto hacían por el pueblo. Después vino otro impuesto, y luego otro, y otro más, y así sucesivamente hasta que los animales ya no sabían que impuesto era cada uno.  Además los miembros del consejo robaban a los pobres habitantes de sus propias casas cuando se les antojaba  y siempre protagonizaban escándalos de corrupción con los diversos tenderos del bosque.

Todo se había encarecido y la belleza y la elegancia de aquel bosque que un día fue frondoso se perdió en el color verde de las hojas de sus escasos árboles.
Y pese a que aquel ser y los miembros del consejo fueron muriendo, sus descendientes, a cada cual más cruel, fueron ocupando los cargos de sus ancestros y los animales de aquel bosque nunca jamás volvieron a vivir como antes. Pasaron sus vidas en el sometimiento de un trabajo cuyos beneficios iban destinados en su completa mayoría a un consejo cuyos intereses vivían demasiado lejos del amor y el cuidado a su pueblo.

Y de esta manera, un lugar que un día fue imperturbable y cuyas leyes eran regidas por la propia sabiduría de la naturaleza, se transformó en un lugar hostil, donde el agua se estanca hoy convirtiéndose en una ciénaga putrefacta y maloliente y se respira un aire cansado que emana de un cielo  muy gris y ya ni siquiera vive el viejo cedro para verlo.