lunes, 30 de julio de 2012

La “divina comedia”


Creo que si el gran poeta italiano Dante tuviese la oportunidad de analizar la actual situación que el mundo, en general, y nuestro país, específicamente, están viviendo encontraría material de sobra para realizar una segunda parte de su excelsa obra La divina comedia.  Y el motivo por el que digo esto es, sobre todo, por la palabra comedia. No hay más. Lo que estamos viviendo es una falsa y burda comedia. El desarrollo de las medidas que toman nuestros dirigentes cada día, y desde que se asentaran en sus butacones del congreso, encarece el más plano sentido de la vida.
Hago referencia a la presión con la que se nos ha cargado a los ciudadanos. Vivimos maniatados y con una soga al cuello. Y ¿qué podemos esperar? Una mueca de sonrisa malévola y una palmadita en la espalda. Después de esto somos empujados al vacío. Vacío cómo el que nos espera cuando los efectos de la subida del IVA comiencen a dejar sus marcas de paso. Por cierto, por si fuese poca la subida del impuesto del valor añadido que hemos sufrido y sufrimos, de forma indefinida por ahora, las autopistas que dependen del estado se han encarecido desde este domingo un 7,5%. ¿Es de comedia o no? El antiguo dicho de “reír por no llorar” está tomando mucha forma en nuestros días. Parece que, con esta medida, el gobierno quiere asegurarse que la gente no se marchará del país para dejar de pagar todas las subidas que han impuesto. ¡A ver quién es el guapo que se atreve a poner una rueda en la autopista ahora! Si a este hecho le sumamos que el mismo día, domingo 29, el combustible llegó a la friolera de 1,45€ el litro, siendo francos, o se nos ha lanzado una friolera de que utilicemos más los transportes públicos y que saquemos nuestras bicicletas de los trasteros, o nos quieren parados, evitando cualquier movimiento que pueda levantar sospechas. Pero no seamos ingenuos que esta segunda parte de la comedia no finaliza aquí. Nos quedarán muchas más partes.
La segunda parte, a mi modo de ver y basándome en la esperanza que siento de una favorable reacción y corrección de la situación, acaba con la gran noticia de que nuestro gobierno y líderes políticos no harán vacaciones en este mes de agosto. Si el sarcasmo pudiese escribirse en tinta este papel estaría empapado en negro. ¿Vacaciones? Sí. Debe ser una comedia, aunque creo que hay millones de personas que no le ven la gracia por ninguna parte. Pese a ello cabe decir que nuestros políticos han tenido una frágil atención. Han renunciado a algo que ya poseen. Alego esta afirmación asegurando que yo nunca he trabajado en ningún lugar en el que pueda coger un avión cuando lo crea oportuna y desplazarme a otro país para ver una final de una competición de fútbol. No es más que una patraña a través de la cual quieren tejerse un bonito vestido de cara a su público, a “su” pueblo. Les ocurre lo mismo que al lobo de un cuento: el lobo quería robarle la sandía al conejo y poner una falsa en su lugar para que éste no percatase. Así que cogió una pelota de color rojo deshinchada y la pintó del color de la fruta. Pero al hincharla, quiso agrandarla tanto y hacerla tan exteriormente bella que le explotó en la cara. Pues eso es lo que está ocurriendo. Únicamente con la excepción de que para muchos “conejos” de esta madriguera” la sandía de los “lobos” explotó hace mucho tiempo.
Me alegra ver que de la misma forma que ellos han tenido tan agradable atención, el pueblo no ha podido quedarse quieto en su recelo por devolverles dicha atención y así han tomado fuerza manifestaciones y movimientos como los de “no vull pagar”.
Así que ¿por qué no nos levantamos de nuestro asiento y subimos al escenario dispuestos a participar en esta incansable comedia de toma y daca entre “conejos” y “lobos”? Sinceramente creo mucho más en la fuerza de la unidad de muchas manos de abajo que en la que desprende el mazo sujetado por la mano que está encima de ellas.

El árbol y su enramada

Cuenta un viejo cuento que una vez, en mitad del más plano de los valles, creció un árbol de robusto tronco y frondoso forraje. Sus raíces se ensancharon y se ensancharon, y llegaron a crecer de tal manera que la gente que vivía en aquella zona y visitaba el majestuoso árbol aseguraba que de arrancarse las raíces, un volcán repleto de lava emergería tras ellas.

El tronco del árbol, con toda la pureza del color marrón, media más de cinco metros de largo y su anchura era la equivalente a un grupo de diez personas formando un círculo cogidas de las manos. Aquella maravilla servía de hogar a muchos caminantes que se decidían a cruzar el inmenso verdor de aquel valle. Su espesa copa llena de hojas impedía que el sol llegase a su porción de tierra en verano y su sombra era fresca y tranquila. En el invierno, sus raíces servían de colchón y de abrigo a más de un valiente peregrino. Cubrían íntegramente el cuerpo de una persona y todavía les sobraba espacio para acoger a alguien más. Eran cómo brazos cálidos repletos de hospitalidad que parecían esperar a sus invitados llegar.

Además en el interior del árbol vivían familias completas de animales de todo tipo. Insectos que se beneficiaban de su abundante y suculenta resina. Pequeños roedores que utilizaban las oquedades del tronco cómo almacén donde guardar sus víveres. Aves que edificaban bonitos y espaciosos nidos entre las sólidos ramas. Una gran y variada fauna que había encontrado en aquél árbol el palacio de sus sueños.

Pero el árbol estaba repleto de ramas. Se erguían desde el tronco cómo mástiles de embarcación. Se entrecruzaban las unas con las otras. El árbol estaba completamente infestado de ramas. Habían ocupado, prácticamente, todo el tronco. Un tronco que ahora se presentaba astillado y plagado de relieves punzantes y peligrosos. En la parte superior del tronco crecían las ramas más sólidas. En ellas se anidaban las más exquisitas obras arquitectónicas de las aves. En la zona intermedia del tronco las ramas eran de gran calidad pero crecían más delebles que las de la parte superior y la copa del árbol. Y en la zona del tronco más próxima al suelo crecía toda una encrucijada de ramas frágiles, pequeñas, tristes, estériles y paupérrimas. Muchas de ellas eran arrancadas por el viento, por muy minúsculo que fuese el soplar de éste.

Las ramas de la parte superior se llevaban las mejores hojas del árbol (las que eran perennes) y se quedaban con las cosas más bellas y preciadas. Los nidos de las aves, los animales más majestuosos, etc. Con todo aquello que anhelaba toda rama. Las intermedias tenían para ellas un gran arsenal de hojas. Pero estas hojas no eran de tan buen parecer. Eran hojas caducas. Duraban más que las normales pero cuando llegaba el invierno con todo su frío y su silencio se las llevaba sin mediar palabra. Las arrancaba de aquellas ramas y no las volvía a traer hasta la primavera. Las raptaba. Las ramas de la zona media también tenían algunos animales. Sobretodo, roedores y panales de abejas. Y las ramas de la zona baja malvivían en busca de alguna hoja que adherir a su esquelética y raquítica estructura. Los únicos animales que poseían eran los insectos más inútiles y menospreciados.
 
Cierto día comenzó a crecer una nueva y pequeña ramita. Había comenzado a crecer en la zona más próxima al suelo, entre las ramas más débiles y menos valiosas que el tronco guardaba. Esta ramita comenzó a crecer y acrecer. Cuando el resto de ramas, próximas a ella detuvieron su crecimiento, ella continuó y continuó. Creció tanto que llegó a abandonar aquella zona más baja del tronco y ascendió a la zona intermedia. Llegó a la zona intermedia con un par de hojas en su cuerpo y un pequeño gusano que recorría a diario toda su longitud.

En la zona intermedia, miradas de extrañeza y caras sorprendidas (tirando más hacia el asco) la recibieron. Pero la ramita no detuvo su paso y anheló y luchó con todas fuerzas para seguir creciendo. Con el tiempo fue recibiendo más y más hojas y el gusano solitario que tenía al principio se convirtió en un extraño pero esperanzador capullo de seda. Toda la zona intermedia acabó reconociéndola, ya que ella había dedicado todo su tiempo a explicar cómo malvivían las ramas en la zona más próxima al suelo ¡Había creado una conciencia en las ramas de la zona intermedia sobre el estado de las ramas más bajas del tronco! La euforia la envolvía. Entonces, con todo el respaldo de la zona intermedia del tronco, el cual cada vez se envejecía más viendo cómo las ramas de su parte superior vivían en una infinita sobreabundancia  y no se detenían en mirar cómo seguía el tronco más debajo de ellas, la ramita valiente y entusiasta se adentró en la parte más elevada del tronco: la copa. Al principio, una completa y profunda ignorancia la abrazó. Ninguna rama se detenía a mirarla. Todas estaban demasiado concentradas en cuidar su perfecto forraje y mantener sus bellos animales. Más tarde llegó la repugnancia. Nadie de aquel lugar quería relacionarse con la humilde ramita.
 
Pero la ramita no se hundió en la desesperación y el odio, pese a que tuvo muchas tentaciones a hacerlo. Y comenzó a expandir su rama y su escaso forraje con el objetivo de poder llegar a todas las ramas que habitaban aquella zona prohibida del tronco. Poco a poco, las ramas superiores fueron escuchando lo que la ramita, pequeña para ellas, les decía. Y entonces hubo algunas ramas que se atrevieron a mirar hacia abajo y percatarse de la situación real del tronco. Éstas, se desprendieron de parte de su forraje y animales y lo lanzaron a las zonas intermedia y baja del tronco. Pero hubo muchas otros que prefirieron continuar su camino, no mirando más allá de la punta de sus hojas ni del perfecto pelaje de sus aves y sus roedores.
 
A día de hoy, cuentan que todavía hay ramas que crecen de manera muy débil en la zona más baja y son llevadas, sin pena ni gloria por el viento. En cambio hay otras ramas que han podido corregir su crecimiento y hoy, gracias al testimonio y la lucha de aquella ramita, son ramas sanas y robustas, con su forraje y sus animalitos.

Tronco sigue manteniéndose entre la vejez y la juventud. Llora cuando una de sus ramas sufre. Y ríe con las que, con una causa decente, ríen. Hay muchas ramas que piensan que no ha cambiado nada en el árbol, pero todos los habitantes del gran tronco saben que lo que hizo la humilde ramita en su día no fue para nada en vano.

viernes, 27 de julio de 2012

La lista de… ¿Goering?


En efecto. Pero cuidado, no la de Hermann Goering, el temible ogro nazi que catapultó las fuerzas aéreas de Hitler cómo una horda desalmada y sin piedad. No, no hacemos referencia a este negativo protagonista de un corto pero intenso periodo histórico. Nos referimos a su hermano pequeño, Albert Goering. Este empresario alemán luchó muy fielmente contra la política antisemita de los nazis. Pese a estar su hermano muy presente en el gobierno nazi, lo encarcelaron en varias ocasiones y le impusieron multas pero Albert jamás se rindió. Luchó por sacar a todos los judíos que pudo del país. Trabajó incesantemente para sacar a familias enteras de campos de concentración y de sótanos secretos de la Gestapo.

Su hermano mayor Hermann tuvo que intervenir más de dos y tres veces para que él no sufriese el menor atisbo de castigo por parte de sus compañeros nazis. Pero nada detuvo a Albert. Pero la vida es un sueño y los sueños muchas veces comportan consigo muchas paradojas. Paradojas cómo la que sucedió con Albert.

Se dice que Albert liberó a mucho más de 50 judíos. Pero al parecer no le sirvió de mucho. Fue juzgado en los Juicios de Núremberg y pese a contar con documentos que atestiguaban una lista con 34 nombres de judíos a los que Albert ayudó, el tribunal lo condenó a dos años de prisión por haber recogido unas ganancias de 7.000 reichsmarks en una fábrica de Skoda en Viena, en la cual estuvo trabajando con mano de obra ilegal y esclavizada. Además, a su salida de prisión Albert se encontró con que todos los bienes de la familia Goering habían sido requisados por la administración pública de la recién formada República Federal de Alemania. Aquí está la paradoja. Sólo y sin ningún tipo de bien material, Albert deambuló la última etapa de su vida, de un trabajo en otro, ganando miserables cantidades de dinero y sobreviviendo con una paupérrima pensión. Antes de morir se casó con la casera de su apartamento en el centro de Berlín, por tal que así ésta se quedase con su paga en caso de fallecer él.
En 1966 murió y se olvidó.

El poder de una voz

Qué maravilloso y fascinante resulta el poder de una voz en ciertas situaciones ¿verdad? Pero no puede ser una voz cualquiera. Hay muchas de voces cualquiera. Muchas, pero sin ese poder. Para que una voz tenga ese poder se necesita algo. Ese algo no viene dado. No viene de regalo. Se hace. Se aprende. Se consigue.

El poder que tienen esas voces concretas es capaz de dibujar en nuestros rostros la más amplia de las sonrisas. O, por el contrario, hundirnos en un mar de lágrimas y penas. Pero no solo sobre nuestros rostros se ciñe su influencia. Hay voces que tienen la capacidad de cambiar una situación de relevancia mundial con tan sólo una frase ¡Y ya está! Cómo si de convertir un huevo en tortilla se tratase.

 Una de estas voces pertenece al presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi. El italiano lo ha más que corroborado con su última aparición en Londres. Unas palabritas y “chimpón”. Se han resuelto los problemas. La crisis parece haber disminuido y el agravio y la hostilidad con los que nos trataban los medios de comunicación internacionales últimamente se desvanecen cómo la más matinal de las neblinas. El “efecto Draghi”, como muchos han querido catalogarlo, ha provocado un notorio aumento en las principales bolsas europeas y una gran caída en la prima de riesgo de los países más sufridores en esta Europa del euro y su respectiva crisis. Tan solo le ha hecho falta asegurar que su institución, el BCE, luchará hasta el último aliento para que el euro permanezca en su lugar.
 
La pregunta que a mí se me plantea es: ¿Señor Draghi por qué no dice usted una de sus maravillosas frases cada semana? Estoy seguro de que Europa, si no el mundo entero, se lo agradecería satisfactoriamente. Incluso podría plantearse publicar una antología de frases y reflexiones.

En fin, una más de las tantas pruebas que todos tenemos acerca de la situación de los mercados. Todos es una burda especulación. Si hoy este hombre hubiese cambiado sus palabras en un sentido antagónico, ahora mismo estaríamos con el agua hasta las orejas. Y si no hubiese sido él podría haber sido cualquier agencia de calificación (por ejemplo Moody’s o Standard & Poors) o de noticias (Reuters, etc.). O incluso las palabras de alguno de nuestros gobernantes, las que se hubiesen tornado en nuestra contra o nos hubiesen alzado a niveles de confianza inexistentes.

Todo este sistema, tal y como hemos podido observar hasta la fecha de hoy, es un gigante con pies de fango. 



miércoles, 25 de julio de 2012

Enterrando el fusil, aupando la fraternidad

Como todos sabemos, y deberíamos saber, en 1914 arrancó la primera de las dos grandes guerras que vestirían, sobretodo, la historia de la humanidad de un color sangre espeso. La Primera Guerra Mundial, conocida también como la Gran Guerra, fue una consecuencia directa de la lucha voraz en la que el colonialismo tenía sumergidas a las principales naciones europeas. Un más que endeble sistema de alianzas se activó de forma automática y, en breve, lo que inicialmente se conocía como un conflicto regional entre el Imperio Austro-húgaro y  Serbia, pasó a convertirse en un conflicto de ámbito internacional.

Fue una guerra cruel, mordaz y sádica. En general, como cualquier guerra entre humanos. Los ejércitos estaban principalmente compuestos por escuadrones y batallones de jóvenes entre 19 y 35, o incluso más, años. De hecho, en esta guerra luchó un joven aprendiz austriaco que, no me cabe la menor duda, tomó nota muy bien de cómo crear y propagar hasta la destrucción total una guerra. En efecto, me refiero al joven soldado Adolf Hitler, que por aquél entonces no legaba a la treintena de años.

Además de que era una guerra de jóvenes contra jóvenes, causó grandes daños en el paisaje y la geografía europea con todas las trincheras y campos de batalla que se crearon y se destruyeron y se volvieron a crear para volverse a destruir.

Esta guerra no debió gustarle mucho a los jóvenes soldados que participaron en ella porque, pese a haber comenzado en julio de 1914, en las festividades navideñas de diciembre del mismo año ya decidieron hacer un alto el fuego. Un hecho conmovedor y una muestra más de que el hombre, realmente, no tiene sed de sangre ni de venganza y no anhela otra cosa que los caminos de la paz. En cuanto percibe que está muy lejos de esos caminos y que se ha adentrado en tierra hostil desea y lucha con todas sus fuerzas para volver a la paz.
 
De esta manera, el 29 de diciembre se produjo un bonito y necesario alto el fuego, pese a no ser oficial para la burocracia, entre los frentes británico y alemán. Esto es lo que se conoce como la Tregua de Navidad. En ella, los alemanes cantaron su stille nacht (noche de paz) y los británicos los acompañaron con tradicionales villancicos de su nación. Posteriormente, los soldado abandonaron las trincheras, infestadas de infección y de todo tipo de condiciones insalubres, y se dispusieron juntos a leer algunos versos del exquisito Salmo 23 (El Señor es mi pastor, nada me faltará…). Incluso tuvieron tiempo, durante los escasos días que duró la tregua, de improvisar un pequeño campo de fútbol y jugar un partidillo. Se han encontrado algunos escritos y documentos en los que se afirma que el resultado fue de 3-2 favorable al conglomerado alemán.

Una bella y delicada forma de poder y saber ver el punto de luz en mitad del óvalo repleto de oscuridad. Y pese a que puede que muchos de los que leyeron y cantaron juntos, y también jugaron aquel partidillo con completa deportividad, se acabasen matando entre ellos al cabo de unos días, la fraternidad, el amor y la paz que compartieron y sintieron juntos en aquellos días no podrían ser sustituidos por otra cosa. Sus corazones resquebrajados fueron saneados y sus heridas limpiadas.


¿Quizás hoy en día nos resultaría necesario hacer una “Tregua de Navidad”?

Carta a José Ignacio Wert


Señor ministro de educación, cultura y deporte:
Desde que llegó usted al sillón más alto de este ministerio no ha pasado día alguno en el que no haya sentido la necesidad de escribirle. Bien por trabajo, bien por otras ocupaciones y necesidades más primordiales que el hecho de escribirle a usted-no se ofenda- he ido aplazando ese recelo de poder enviarle a usted un escrito.
Pero debo confesarle, señor ministro, que se ha encargado muy bien de ir engordando cada vez más esa necesidad en mi interior hasta tal punto que ya no la he podido aplazarla ni reprimir más. Puedo confesarle que estas líneas me obliga a escribirlas usted. No son fruto de un deseo personal ni nada por el estilo.
Sé que ha dado muchos giros y vueltas en su vida. Fue diputado en las Cortes por la provincia de La Coruña con la formación PDP (Partido Democrático Popular).  Pero al parecer, por aquel entonces la política no era lo suyo. Prefirió probar mayor fortuna en el sector privado, donde llegó a ser presidente de algunas empresas importantes en el sector de análisis de opinión y sondeos de audiencias, como Demoscopia, fundada por usted mismo, y Sofres.
Trabajó también como profesor de sociología en la Universidad Autónoma de Madrid y estuvo en el banco BBVA. Pero resumiendo señor Wert, esto no es una recopilación de su currículum ni nada por el estilo. Cualquier persona que quisiese informarse sobre su vida no tendría mucha dificultad para encontrar datos acerca de usted. Y por supuesto, mucho mejor que yo, sabrá usted cual es su propia carrera. Así que, siempre bajo la tutela de su permiso, adentrémonos en la temática de esta carta.

Y lo cierto señor Wert, como antes le decía, es que usted mismo ha sido el detonante de este manifiesto personal que le hago. Aunque creo que más adelante descubrirá que de personal tiene bien poco. Soy un joven estudiante de periodismo. Recientemente acabo de concluir mi segundo año en esta maravillosa carrera que cada día me enseña algo nuevo y me proporciona un aliciente muy distinto al anterior ¡Exacto! Soy uno de esos tantos cientos de miles de estudiantes a los que usted se ha dedicado últimamente a acosar sin ningún tipo de piedad.
No soy afín a ninguna fuerza política de las que imperan en el país. Le escribo esta carta desde la total neutralidad que siento en mi corazón. Poniendo como base de cada frase una rocosa imparcialidad. Pero eso no me excluye de la que es, será y debería ser la mayor fuerza en cualquier territorio: el pueblo. Sí, señor Wert. Pese a que le cueste entenderlo así es. El pueblo tiene el poder. Usted no es más que una vaga representación de un pueblo dolido con su predecesor. Un pueblo que buscaba-y lo sigue buscando- un cambio,  mas no lo encontró.  Un pueblo al que usted no ha respetado desde el primer día que tomó la cartera de educación cultura y deporte. Y no solo no lo ha respetado sino que ha ido más allá. Se ha permitido menospreciarlos e insultarlo. Maltratarlo y devorarlo. Eso es lo que ha demostrado, exactamente, usted hasta la fecha.

No miento cuando afirmo que no hay nada en mi interior que se alce en su contra. Se lo aseguro señor ministro. Pero le estaría mintiendo si no le confesase toda la verdad de mi sentir. Y esa verdad es que me tiene usted muy preocupado. En estos siete meses de mandato ha causado en mí muchas angustias y aflicciones señor ministro. Además de algún que otro enfado, debo confesarle. Pero de entre todas esas cosas, esa verdad que me esfuerzo en confesarle es que me tiene usted muy dolido. Y aunque pueda que a usted no le interese que un estudiante más de esos muchos que tanto han clamado su nombre- y no precisamente mirando al cielo- le manifieste su descontento, yo anhelo aclarárselo porque tengo fe. Tengo fe en la mejora de cualquier situación y de cualquier persona. Y a usted no puedo excluirle señor ministro.

Me duelo, señor Wert, cuando recién llegado usted al gobierno propone medidas tan absurdas como la de la desaparición del 4rto curso de la secundaria y la ampliación del bachillerato un año más. Esto no es más que un placebo que va a generar más gastos. No está recortando ningún curso. Simplemente lo substituye. Está cambiando el nombre de 4rto de ESO por el de 3ero de bachillerato. Y ojalá, de todo corazón le confieso, ojalá que sus medidas y reformas ministeriales hubiesen sido todas como estas. Simples placebos que ni quitan ni dan. Reformas que no aportan nada nuevo y tampoco recortan. Pero ¡hay pobre iluso de mí! Cuánto dolor me causó al ver que iba a destinar una subvención de 193.000€, más que necesarios en la educación del país,  para el Diccinario biográfico español, muy cuestionado por la falta de precisión en algunas de sus biografías ¿Cómo un estudioso de la sociedad y del derecho como lo es usted no puede entender que ese dinero era necesario para la educación del país? ¿Acaso cree usted que tiene más valor un conglomerado de biografías dominadas por la subjetividad de sus autores que la educación de un niño español? ¡Por favor señor ministro, no sea usted tan hipócrita!
Me duelo, señor ministro, al ver que en este país siguen mandando la Iglesia Católica y su partido político afín. En cuanto cuatro voces de estos sectores dejaron ver su descontento con la asignatura Educación para la ciudadanía usted, sin más consulta popular ni referencia al pueblo, decidió cambiarla por Educación Cívica y Constitucional, al parecer de toque más conservador y favorable a los ideales de su partido. Y en esto siento el derecho y el deber de decirle a usted que ha violado los estamentos y las leyes sobre la libertad de expresión y el derecho de elección del pueblo. Ha tomado una decisión sin consultar y usted no es España ni su educación señor Wert, no lo es.
La cúspide de todas sus decisiones tan negativamente trascendentales para su país llegó cuando vi en un artículo de un periódico su decisión de aumentar en un 66% el precio de las matrículas para el año que viene. Señor Wert le escribo con franqueza. En estos dos primeros cursos he podido disfrutar, gracias a Dios, de una excelente ayuda económica que me ha ayudado a mantenerme en el lugar en el que estoy. Se me ha pagado el coste íntegro de la matrícula y se me ha proveído de ayudas en diferentes conceptos. Pero le animo a que se haga usted la misma pregunta que me he hecho yo en estos dos años y que me hice cuando leí esta noticia: ¿y ahora que será de aquellos que no gozan de una beca como la mía? ¿Qué será señor Wert? Dígamelo usted porque yo ni me lo imagino ni quiero imaginármelo.
La pregunta que me hago en relación a esto es: ¿cómo un ministro de educación cuya labor es velar, cuidar y fomentar una educación pública saludable, destruye de una forma tan atroz la enseñanza primaria, secundaria y superior de un país? No lo comprendo. Y eso es precisamente lo que usted ha hecho ministro. Nos ha atado, primero, la soga al cuello y después nos ha empujado para asegurarse que dejábamos todos de respirar.  Una de las últimas frases que le escuché decir, “en España hay demasiados universitarios”, le delata a usted, señor Wert. Quiere una sociedad que no piense, que no sepa contestar, que no busque razonar. Quiere a un pelotón de personas que se amontone en las calles acatando todo cuanto haga.
La base de cualquier sociedad es la educación. Nuestra sociedad se caracterizaba por una educación pública de calidad, independientemente del nivel de los estudiantes. Usted ha devorado hasta los huesos de esta base.
Pero no se preocupe señor Wert. Usted ya tiene su carrera y su bienestar garantizados. A los demás déjenos los cuchillos y los palos que ya pelearemos entre nosotros.
Sepa usted que todo cuanto se cosecha en esta tierra, posteriormente es devuelto. Así que, desde el amor que le tengo como prójimo suyo que soy, le aconsejo que cambie de semillas.
Para acabar esta carta, le digo que aunque usted no se haya planteado ni por un instante pedir perdón o reconocer su error, le perdono y le otorgo toda la misericordia que ha sido puesta en mí. En ese perdón vuelco toda mi fe, haciéndole saber que todavía creo en usted. Creo que puede pulir mucho más su cometido y llevarlo a puerto de mejores aguas.
Un saludo cordial.

La letra pequeña, Tarragona, julio de 2012.

Segundo “match ball” para Valencia



La Comunidad Valenciana ya recibió, no hace mucho, una importante inyección de liquidez por parte del estado ya que era una de las autonomías con más déficit, y de hecho lo sigue siendo. Ayer conocíamos la noticia de que dicha comunidad vuelve a realizar una petición, en cuanto a liquidez se trata, al gobierno central. Máximo Buch, responsable de la consejería de economía, industria y comercio de la Generalitat Valenciana hace pública la necesidad de 3.500 millones de euros para poder hacer  frente a los vencimientos del actual periodo.
El consejero ha afirmado que esta ayuda llevaría consigo unas duras consecuencias para el ciclo de 2013, cuya reducción del déficit se había fijado hasta el 1,1% y a partir de ahora deberá caer hasta el 0,7%, según los condicionantes acordados en el Consejo de Política Fiscal y Finaciera (CPFF).  Además de esto, Buch se ha atrevido a confesar que la situación económica del país no es tan apocalíptica como  e muestra en los resultados de la prima de riesgo, que en la última jornada llegó a superar los 630 puntos básicos. Afirma que existen una seria de movimientos especulativos que provocan una degradación en la imagen de la economía y, por ello, se declara partidario de una inyección de liquidez ( o sea un rescate) por parte del Banco Central Europeo (BCE), con la cual, Buch , cree que se acabaría con toda ese negativismo especulativo de la prima de riesgo.
Además de Valencia, la Región de Murcia i Cataluña también tienen previsto acudir a las arcas del estado por tal de conseguir algo de liquidez. Pero bien, centrémonos en Valencia.
Una de las comunidades que más necesita y una de las que más despilfarra ¿A nadie se la ho ocurrida empezar por cortar ese despilfarro? La Comunidad de Valencia acoge el Gran Premio de Europa de Fórmula 1. El objetivo de llevar este evento a Valencia era el de recaudar los sustanciosos beneficios que este deporte mueve consigo. Pero lo que fue una obsesión de Francisco Camps y Rita Barberà se ha convertido en la peor de las pesadillas para la ciudadanía valenciana. Este gran premio se ha convertido en una molesta piedra para el zapato de muchos valencianos. En La Vanguardia leía el otro día un artículo de enero que resumía, a mi gusto, muy bien la situación:
…cuesta aceptar, desde un punto de vista ético y también estético, que se esté exigiendo fuertes sacrificios a los trabajadores, a los interinos, a los funcionarios y a tantos colectivos y empresas, y que paralelamente se mantenga un evento que simboliza todo lo contrario de lo que ahora se demanda a la sociedad. (Salvador Enguix, La Vanguardia, 04/1/2012).
No creo que sea necesario comentar el artículo. Es perfectamente comprensible y sencillo de entender. El autor nos da la situación tal cual, mascada a lo máximo. Y por muy cruel o dura que parezca es así. Así es la sociedad mandataria del “hoy”.

El coste de organizar esta prueba es de 30 millones de euros por temporada. Hecho que le supone a la Comunidad Valenciana unas pérdidas de 20 millones anuales. Además se sabe que el contrato vigente con la organización de la Fórmula 1 caduca en 2014, pero la “comunitat” busca ampliarlo hasta el 2020. Este hecho está siendo muy cuestionado ya que se han dado un gran número de alternativas a la Generalitat Valenciana como la reestructuración y remodelación del circuito Ricardo Tormo o compartir el Gran Premio de Europa con Cataluña, como le ofreció en su día la Generalitat catalana a Camps.

Parece que la fe del gobierno valenciano en este evento es inamovible. Pero ¿realmente podrá mantenerse así? ¿Cómo puede un gobierno asegurar que le falta liquidez y costear un evento de tal dimensión como el GP de Europa? ¿Cómo esquivará Valencia su segundo “match ball”?


Estemos atentos porque puede que su pelota nos salpique a todos.