jueves, 21 de junio de 2018

Camisetas de Ramones, gorras de Hello Kitty

La última vez que me bañé en el Mediterráneo fue hace un año, aproximadamente, en una minúscula playa de piedras en Lesbos. El agua estaba fría, a pesar de ese calor oriental que te llena hasta la boca cuando inhalas algo de aire. No habían olas. No habían peces. No había nadie. En el horizonte más cercano que tengo la sensación de haber visto nunca, aparecía la costa de Turquía. Durante el día podría ser cualquier lugar. El skyline de mi casa, con concentraciones de población justo delante del mar y pequeñas montañas a la espalda. Por la noche todo se encendía en mil puntos de diferentes tamaños y yo me preguntaba que estaría pasando en cada uno de ellos. Una hoguera veraniega. Alguien viendo el televisor en casa. ¿Hay cigarros tan grandes como para ser vistos a 6 kilómetros de distancia?
En Lesbos estuve doce días. Concretamente en el campo de Moria, donde jugaba con niños que habían escapado del talibán, intentaba enseñar algo de castellano a un periodista que había huido del Baluchistán y guardaba las botellas de agua que nos bebíamos los voluntarios para después repartirlas a las mujeres que iban a buscar algo de leche, antes de que se acabase claro. No me gustan las imágenes trágicas. Detesto el dramatismo inducido. Tan sólo quiero poner detalles a una historia, la de todas las personas que llegan al continente, no la mía, y luchas también contra el olvido que hace que lo más importante de todo, esos pequeños detalles, acaben desapareciendo.
Se puede tener clara la concepción de que un migrante no es un invasor. De que su raza no determina su carácter, o las posibilidades de actúe bien o mal. De que tiene tantos derechos y deberes a estar en este lugar concreto del mundo como uno mismo se encuentra en él. Pero cuando les pones un nombre, una historia concreta, incluso momentos compartidos, se supera el estadio de los refugiados, la masa ingente, y se personaliza esa cercanía de la que ya se es consciente.
En Lesbos conocí a Jawad, un intérprete de la misión española en Afganistán que tuvo que huir con su familia por amenazas de muerte y extorsión. Y conocí a Ali Reza, un niño increíble, que será de esos adolescentes que miden dos metros cuando tienen 15 años y que me enseñó el vocabulario básico del fútbol en farsi. También conocí a Rawan y Mohammed, dos hermanos kurdos muy parecidos y a los que les encanta jugar a las palmas. Y a Adam, su amigo, que tenía una camiseta de The Ramones y se ponía la gorra de lado. Lloró mucho el día que le tuve que explicar que me marchaba. Conocí a Wasim, Ehmut, Ahmed, Mohammed y Naada. Una especie de hermanos Dalton iraquíes de los que pude despedirme con abrazos el día que los enviaron en ferry a Atenas. Todavía me río del sombrero Hello Kitty que llevaba Mohammed.
No he dejado de pensar en todo ellos en el último año. Me pregunto dónde estarán ahora. Si me los volveré a cruzar alguna vez en la vida y que será de ellos. Si seguirán vistiendo camisetas de The Ramones y gorros Hello Kitty. Si serán de esos médicos con gafas de pasta y el pelo cortado a cepillo o recogido en coleta. O si arrastrarán un carro lleno de chatarra. En mi interior pido que tengan oportunidades. Y públicamente sólo expreso el deseo de que se conozca el impacto que han supuesto para mi vida.
Esa masa ingente que llega, incluso para los de mentalidad acogedora e igualitaria, tienen nombres, caras, camisetas y gorras para mí. Y muy concretos.

sábado, 9 de junio de 2018

Amén

Siento que avanzo hacia una desaparición completa. Me encuentro en un viaje hacia una destrucción constante de mí mismo. Una destrucción que, por muy esperanzadora que se plantee la resolución, duele. Es doloroso verse a uno mismo disolviéndose en una infinidad inconmensurable de pequeños trozos, abocados en alguna fracción de los pensamientos que agitan la mente, o quizás en algún looping de la montaña rusa de las emociones.

Reconozco haber confundido el hecho de que la firmeza en un propósito implica la falta de dolor ante el proceso con el que se cumple. Sí, he sido tan ingenuo como para pensar que bastaba con estar aquí, alieno a todo, alieno a mí mismo, mientras esa esperanzadora resolución se va formando. Y lejos de reconocer esa torpeza que me mustia, me he aferrado a la idea de creer que, en cierta manera, esto trata acerca de mí.

Que mis capacidades, mis pensamientos, mis palabras e incluso mis sueños, forman una parte de la naturaleza de ese proceso. Que la puesta en práctica de todo ese mejunje era de necesaria obligatoriedad para mí, para todo lo creído como ajeno a mí, para el desarrollo del proceso en mí. No hablo de individualismo y colectividad. Todo el mundo afronta esa encrucijada en función de lo que está sobre la mesa. Hablo de que he sido mi propio testigo cuando estaban cayendo estructuras de orden y poder que me había construido para mí mismo. Yo estaba allí, sentado ante las paradas de lo que siempre he valorado como imprescindible para mí, mientras caían ladrillo a ladrillo a mis pies.

De alguna manera lo he aceptado porque quiero seguir avanzando hacia esa esperanzadora resolución. He aceptado que el proceso implica mi destrucción, una introspección constante hacia mí mismo con el único objetivo de verme desaparecer ante la comprensión de que no hay nada que pueda acelerar, ralentizar o modificar este avance. Pero duele dar ese amén.

No avanzo hacia mí mismo, sino hacia mi desaparición y lo que ha de resultar de ella. Hay época, curvas de esa montaña rusa emocional, en las que me invade el gran peso del dolor de haber comprendido esta realidad. Y en medio de las tensiones entre mi deseo de aferrarme a lo que soy (aún haber quedado en ruinas) y el compromiso con ese proceso cuya resolución me esperanza, aquí estoy, dando ese amén convencido y a la vez dolorido, fascinándome ante los que me sorprende y guardando, inevitablemente, lo que me destruye para quemarlo en algún momento en una hoguera de lágrimas.

sábado, 19 de mayo de 2018

Fluidez escapatoria

Yo siempre estoy pensando. A veces dudo de si estoy invitado a ese torrente ajeno que circula por mi mente. Estoy de acuerdo con la idea de que es posible detenerlo, pero hay momentos, circunstancias diría yo, en las que es imposible hacerlo. No es una postura subjetiva. Es la voz de una experiencia, la mía en este caso, que constantemente se descubre incapaz de frenar todo ese flujo de pensamientos que no se detiene. Que llega y se marcha, para regresar más tarde y partir de nuevo.

Me molesta especialmente el sentimiento de fluidez escapatoria. Me refiero a esa sensación de creer que se tiene algo en las manos pero no poder agarrarlo y controlarlo porque fluye. Fluyen ante mi incapacidad los pensamientos, no para alejarse. Se mantienes cerca, pero nununca controlables. Quizás el olvido sea un pensamiento que se ha alejado. Pero todavía es excepcional. Supongo que a mi edad lo común es que todas esas ideas existan cerca de uno mismo, pero que resulten inalcanzables.

La calle es una estricta representación de ella. Una franquicia cafetera abre hasta tarde y mientras la persiana no se baja, aunque no entre y salga nadie, siempre hay alguien sentado a la puerta con un vaso delante. En la esquina está la boca del metro y un grupo de chicos y chicas se han vestido para la ocasión. La ocasión de vivir algo que van a olvidar al cabo de unas horas a base de una borrachera. Cuando los veo me pregunto qué pensarán. Qué pensará la persona sentada en la puerta de la cafetería después de saludarme y devolverle el saludo pero no pararme junto a ella. Qué pensarán los chicos y chicas al día siguiente, cuando se levanten y no recuerden nada. ¿Serán esos pensamientos alejados o son de los que escapan, expulsados por la fuerza del alcohol?

Se me hace larga la espera pero no siempre estoy seguro de lo que estoy esperando. Quizás sea porque produzco muchos más pensamientos de los que podría retener. Me pregunto, también, qué será del resto que no plasmo en algo como este escrito, en una conversación o en qué se yo. Puedo imaginármelos ardiendo en cualquier rincón de un lugar indescriptible. ¿Por qué iba a llegar yo hasta allí? ¿Y para qué? Para qué recuperar la idea en la que soy una muralla que se se derrumba constantemente y que vuelve a construirse al momento. Qué de bueno tiene el hecho de que vuelva a pensar en la persona sentada en la puerta de la cafetería en el momento en que le devolví el saludo pero no me acerqué. Por qué vuelvo a pensar en una amistad de toda la vida al recordar a los chicos y las chicas en la boca del metro y siento que brota otra vez en mí la idea de secuestrar el tiempo para que no corra tan rápido y no me aboque a este olvido crónico.

¿Dónde van a parar los pensamientos que no se han pensado en su totalidad y ya han desaparecido? ¿Qué hacía la persona que vivía antes que yo en este piso tal día como hoy? Claro que ella no vivió este día. Pero me pregunto si en algún momento también sintió que sus pensamientos se le escapaban entre las manos y que todo era un intento vano por agarrar y controlar lo que fluye por naturaleza. Qué naturaleza tan sometida al olvido.

sábado, 14 de abril de 2018

Decadencia

No puedo considerarme críptico porque soy constantemente traspasado. Incluso las grietas que creo más íntimas de mi ser quedan desnudas en determinados momentos. Por eso he intentado dejar de esconderme en ellas. No es que hable un lenguaje único, o que mi pensamiento sea un código secreto. Cuanto más complejo me parecía todo mis explosiones internas han sido todavía más beligerantes, de tal manera que cualquier cripta que pudiese tener, que yo pudiese ser, se ha convertido en polvo soplado. 

Cuando se cae, la exposición se hace más palpable. Incluso la idea de la muerte ajena en un círculo más o menos cercano lo encuentra a uno en un estado mucho más tenue. Pero todavía confío que la debilidad reconocida es victoria. Cada vez me siento más fragil, más extraño en medio de un escenario al que no reconozco, y las distinas partes que lo forman lo saben. Y no es que intente aparentar. Tampoco podría.

Me pregunto si durante el tiempo que estoy escribiendo esto he desatendido a mi entorno. Si, después de haber perdido todas mis grietas, trato ahora de esconderme detrás de cada palabra, de cada letra. O si son un grito cobarde en forma de lenguaje digital. Una representación de la voz del egoísmo, compuesta entre días de lluvia, tazas humeantes de infusión y canciones tristes que mezclan el country y la electrónica. Hay momentos en los que pienso que la electrónica está destrozando la música. 

Ni siquiera sé si quería escribir algo o es una imagen de mi propia decadencia, que me lleva a insistir en ello. A insistir en darle la espalda a la puerta de salida y permanecer en la escena de lo que me resulta extraño. Donde me abruma el hecho de saber que haya voces preguntándose por qué no escribo canciones de amor, poemas de gozo incombustible. 

No hay explicación porque no soy críptico. Porque no guardo tesoros o deshechos en las esquinas de mi mente. Porque soy débil y creo que eso es victoria, pero yo no me siento todavía victorioso. No es una cuestión de culpa, sino de reconocimiento de la caída. Es únicamente entonces, cuando alguien cae y se da cuenta de ello, que puede, al menos, comenzar a pensar en el levantamiento.

viernes, 23 de febrero de 2018

Lo más bonito que he pensado hoy

No tenía pensado recibir visitas hoy. Supongo que no se puede detener una inundación. Que simplemente llega y te ocupa. Transforma todo tu ser. Tu ojo mira de diferente manera y en la cabeza sientes el aroma a esa infusión que tanto te gusta. Incluso cuando ignoras el tiempo de la etiqueta de la bolsa y el agua se amarga un poco. Solamente un poco. No más. Y, aún así, ese regusto amargo, ese desenlace final que te recuerda que el momento se acabó y ya no dura, suena diferente si escuchas, también, una vez inundado. 

Hoy no esperaba emocionarme con tu canción. ¿Acaso importa cuál? Simplemente has vuelto a generar música de unos pensamientos maltrechos, de una piel de cenizas que a tu sonido no se puede interrumpir. Entonces caía el sol, pero yo he visto el día más colorido. Y ya no he bajado a la calle para tumbarme junto a las hojas que se caen, porque sentía suficiente fuerza como para quedarme sujeto al árbol. En la rama de la vid que verterá su añejo en verano. O en invierno, eso no importa. 

Esta tarde no habían cerezas para mi taza de té. No me importan los sabores y el dulce me empalaga. Después odio esa sensación y me arrepiento. No eres azúcar ni eres sal. Tan sólo me vuelves a envolver entre vapores de niebla, escondido en el hueco de la roca. Tampoco lo esperaba, pero tú no miras mis relojes. Las agujas que me alejan del recuerdo y trocean mi pretensión. No importa cuál porque ahora eso también está inundado de ti. 

Siento que me castiga el no haber previsto que esto pasase. El no haberte esperado. ¿Me atormentará la ausencia que ha sido inundada? Y no tengo ningún derecho a hablar de ausencia, cuando he sido yo el que ha bajado a la calle para estirarse junto a las hojas sin preocuparse de que el viento lo arrastrase. Pero, incluso en el viento, podía escuchar el eco de tu cascada cayendo sobre mí. Erosionando la roca. Haciendo trizas las compuertas en las que había enterrado el entendimiento por miedo. Por ser irracional.

martes, 20 de febrero de 2018

Abstracción No.2

Me pregunto cómo debe sentirse el viento al ver que sus intentos de conversar fluyen entre nuestros poros de desatención social a lo invisible. Y si hay alguien que ha llegado a comprender ese sentimiento. Quizás alguien que se haya sentado enfrente de una ráfaga a preguntárselo. Personalmente, soy de los que piensan que somos aire, además de tierra. Además, suelo considerarme sensible a las invisibilidades, si es que no soy yo mismo una. Pero también es habitual en mí discrepar de mis propias consideraciones y nunca estoy seguro del momento en el que parar. De ser autocrítico.

Porque eso es algo que pesa. La invisibilidad. Al menos para mí, se ha convertido en una carga que, más allá de la evidente imposibilidad de ignorar, se hace tan tangible, tan fuerte entre mis manos (o lo que creo que son mis manos), que desconozco hasta qué punto hay una fusión entre nosotros y toda mi existencia está basada en eso. En lo invisible. Como otro intento vano por parte del viento, de establecer alguna comunicación con alguien en una mañana fría de invierno.

Tangible no es lo mismo que material. Es más, si tuviese reputación en los círculos de lingüistas del país, o generase algún tipo de influencia en la esfera pública, o (dejémonos de engaños) me acompañase el escándalo mediático y una abultada nómina me permitiese emplear mi tiempo en sutilezas sociales, entonces propondría los conceptos de tangible y material como antónimos. Porque cuando hablo de que la invisibilidad se hace tangible y fuerte entre mis manos no me estoy refiriendo al hecho de poseer algo en un momento determinado, como si ahora fuese a la cocina y cogiese una manzana del frutero.

Eso, sin duda, sería algo material. Una posesión patente y que se concreta en un uso determinado y durante un momento previsto. Por ejemplo, cada día tocamos el capitalismo, lo desenvolvemos, adornamos nuestras casas con él, lo masticamos y ya está. Una fracción de segundo. Quizás menos. Mañana es hoy y ya no hay nada. Pero yo no ejerzo poder sobre esa invisibilidad. Es una conjugación. Entiendo que mis manos no son, en ese momento, sino una metáfora. Otro elemento más en una bella referencia al acto de amor que es poder establecer algún vínculo con ese invisibilidad.

No creo que pueda decir que me gustaría ser invisible. No sé si ya lo soy. Siempre he considerado el sentido de la vista como el más susceptible de nuestros indicadores biológicos. A lo que yo llamo claroscuro puede, perfectamente, no ser más que una conversación entre ráfagas de viento. Un grito desesperado en medio de una sordera confusa que no distingue lo invisible de lo visible. Lo que es con lo que se creyó que era.

sábado, 27 de enero de 2018

Abstracción No.1

Nunca me fijo en el dibujo de las cortinas de mi casa. Tan sólo observo las líneas que dibuja la luz del sol en una textura fina y rugosa, al mismo tiempo. A veces, tengo la sensación de que esconden la esencia de una ciudad oculta, llena de rascacielos, donde el tráfico es infernal y la gente, con sus problemas, se cruza por la calle sin mirarse. Sin tan siquiera detenerse a mirar la proyección de su ciudad en las cortinas de mi casa e imaginar allí remotos mundos.

Si ellos, los habitantes de esa otra ciudad, contemplasen cómo su huella, las luces encendidas a medianoche, el humo saliendo por los conductos de ventilación, el olor a pescado rebozado, alcanza a reflejarse en el cielo de mi casa, quizás, al acercarme a las cortinas vería algo más allá de la típica terraza decorada con plantas de interior y con una lavadora de trapos recién tendida.

Ahora el brillo de la luz me hace cerrar los ojos y pierdo de vista la terraza. Y pierdo de vista la ciudad. Y entonces siento que no hay vacío, sino un espacio concedido para crear. Me pregunto si la mera observación no será ya en sí misma una creación. Si podría componer una canción con la monotonía del reloj de la habitación de al lado. Si me quedaría dormido en medio del ruido de la ciudad a la que observo desde las cortinas de mi casa.

De repente me doy cuenta de que me he adaptado a ver en la oscuridad. De que, a veces, la noche me produce más calor que todo un día. Y a escuchar en soledad, sin alcanzar todavía a oír todo el ruido que zumba en mi mente. Me pregunto si encajaría bien en la ciudad de las cortinas de mi casa, o tan sólo sería otro habitante más que va y viene y se cruza con alguien y no le mira.

Quizás mi sombra encajaría bien en ese lugar. Ella no está expuesta a la responsabilidad de una realidad determinada. Vaga por donde quiere y no depende ni siquiera de mí. El otro día la vi. El sol se colaba por una ventana pequeña y apareció en la pared del otro lado. Esa desconocida a la que no me queda otro remedio que mirar, en busca de alguna similitud. En busca de alguna referencia a mí.