Dediquemos
nuestro artículo de opinión de hoy a un tema algo más profundo e invisible.
Algo que forma parte de la base de la sociedad, de cualquier sociedad, y además
la rige o resulta una ayuda directa para regirla, aunque debería ser siempre la
primera opción. En efecto, como bien indica el título, estamos hablando de la
moral.
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La
moral no es la inteligencia, no es el amor, no es un sentimiento, una emoción
ni cualquier rama de este espeso árbol que es la vida. La moral es y tiene que
llegar a ser el tronco, y si no el tronco los anillos que este guarda en su interior y que marcan
los años que ha vivido. La moral marca el camino de una inteligencia sana, es
la base de un amor correcto y es el pilar sobre el que se edifica cualquier
sentimiento, conocimiento o ciencia de una manera próspera y fructífera.
Cuando
en alguna de nuestras ideas o pensamientos, acciones o hechos, gestos o
palabras, apartamos la moral de nuestros caminos estamos arrancando el valor de
los que predicamos o promulgamos, sentimos o creemos y demostramos.
Así
pues, sucede que cuando cerramos las puertas de la felicidad que sentimos a
nuestra moral estamos recostando esa felicidad sobre una nada que pronto nos
hará caer al vacío. Creemos que al dejar a la moral fuera del juego podremos
disfrutar más de todo pero en realidad tan sólo encontraremos una felicidad
vana y vulgar que nos devolverá todo lo que le demos a través de un efecto
contrario, como cuando tomamos agua fría en verano y nuestro cuerpo se acalora.
Y cuando después volvamos a recurrir a la moral, cosa que todo hacemos y quien lo
niegue está mintiendo, nos encontraremos con una pesada y vergonzosa sensación,
como una carga a la espalda, porque ésta nos confesará que la hemos dejado de
lado y nos hemos encomendado a una falacia. Nos confesará la realidad y,
recordémoslo, la verdad muchas veces es dolorosa.
La
actualidad ha olvidado a la moral. No atiende sus necesidades desde la
perspectiva que ésta ofrece. Los valores se infundan hoy en un enfoque común
para todos, caracterizado por un relativismo innato, en el que conviven miles y
millones de ideas y teorías, unas sinónimas y otras completa y dolorosamente
antagónicas.
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Lo
mismo con la economía. Cuando esta se trata de organizar de una forma inmoral o
amoral, es decir en contra de la moral o sin tenerla en cuenta, nos encontramos
con una serie de errores que se van amontonando en el proceso hasta llegar a
ser una montaña e impedir el paso en el camino.
Además
de la política y la economía, de la misma manera, la falta de moral, el hueco
que esta deja, puede ser letal para cualquier ciencia o rama de este “árbol”
vital. Apartar la moral de nuestro campo de juego implica unas consecuencias
que están fuera del alcance de nuestras responsabilidades. Si renunciamos al
cemento de nuestra base, en cuanto pisemos la quebraremos.
Cada
hecho de esta vida, cada suceso, ciencia, sentimiento o emoción conlleva
consigo una necesidad de moral. Un humano no puede renunciar a ninguna de sus
necesidades vitales. Estaría cometiendo un ataque directo contra sí mismo. Este
es el papel que juega la visible moral en cada uno de los ciudadanos de este
mundo, aunque algunos traten de ocultarlo.