El desenfreno por encontrar una posibilidad, cualquiera que sea, de publicar el 'ego' de uno mismo en los mass media está fuera de control. Y digo cualquiera que sea porque la publicación, mayoritariamente, hoy ya no se entiende como un vehículo crítico de calidad y de rigor informativo. Hemos abandonado la capacidad de filtrar lo valioso para dar paso a lo simple, chabacano, fácil y más instintivo.
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Fotografía de la noticia que 'El Periódico' dedica al nuevo programa de Sarda (elperiodico.com) |
Un amplio abanico de posibilidades y estilos permiten traspasar esta necesidad a un colectivo mucho más heterogéneo. En este sentido, la distancia en la que se situan una persona que firma un artículo en un determinado medio y otra persona que acaba de subir una fotografía a Instagram puede ser abismal, según ellos mismos creen, pero al mismo tiempo mucho más cercana de lo que parece. Por ejemplo, durante la campaña electoral del '24-M', los alcaldables en Barcelona participaron en un especie de paseíllo promocional que les había organizado La Vanguardia a través de diferentes barrios de la ciudad. Al final del recorrido cada candidato debía coger un stick de selfie y grabarse un minuto de vídeo explicando por qué tenía que ser el próximo alcalde de Barcelona. Un clásico de Facebook o Twitter que, sin embargo, con la participación de los cabeza de lista de las diferentes fuerzas políticas de una gran ciudad incluso resulta simpático.
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Fotografía de un tweet del nuevo tatuaje de la hija de Beckham (elperiodico.com) |
Margaret Thatcher aseguraba que "la sociedad no existe, sólo existen los individuos". Ante tal cita, acérrima del liberalismo económica y liturgia barata de la que es uno de los iconos de la defensa del capitalismo, cabe preguntarse si no se está avanzando hacia esta idea. Si todo está confluyendo hacia la creencia de que verdaderamente no existe una sociedad, la colectivización de una masa de seres individuales pero que conjuntamente logran establecer mecanismos para crecer y funcionar de manera equitativa y justa. Enciendes el televisor, y ahí está el discurso de Thatcher, encarnado em el rostro de un presentador, de una modelo, de alguien que sencillamente saluda a la cámara por detrás de la periodista. Ahí está el individuo, intentando anular la capacidad de la sociedad.
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